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Soy Rafael Lechugo y no soy, ni pretendo ser, un músico profesional. Y es que eso de la música es muy ingrato. Me estafaran por primera vez en mi primer bolo como DJ a los 15 años. Y ni siquiera era un DJ como tal. Mi trabajo básicamente consistía elegir las canciones y darle al "play" en un reproductor de CDs normal. Sin cascos ni mesas de mezcla. Desde entonces sabía que la música es un mundo apto solamente para los más valientes.

Como muchos otros pobres desgraciados, yo tuve clases de música durante mi adolescencia. El problema principal es que debido a mi timidez no me gustaba ser escuchado, lo que se supone un gran problema para un músico. Al menos como DJ uno puede estar a su bola escondido en la cabina.

Yo aprendí a pinchar de una manera muy rara, pero muy mía. He intentado acercarme a los DJs del pueblo donde vivía para que alguno me enseñara como funcionaban sus cacharros, pero obviamente la gente pasaba de mi culo. Lo que hice entonces fue ponerme al lado de la cabina del DJ, todos los sábados, durante toda la noche. Pasaba horas observando lo que hacía el DJ aprendiendo la teoría sobre la labor del disk-jockey. Un par de años después yo ya no vivía en un pueblo, sino que en Sao Paulo, la mega capital de America Latina, donde me acerqué a un bar/discoteca y me ofrecí para tocar ahí. Para mi sorpresa me dieron una oportunidad y, algunos días después ya estaba yo delante un público real. No me acuerdo de mis nervios en el momento, pero seguro que me cagaba encima. Me gustaría poder escuchar como ha sido esa primera sesión, seguramente no sonaría bien, pero era lo mejor que yo podía hacer en aquel momento. Después de unos meses tenía yo mi primera residencia semanal en la capital.

El paso siguiente natural fue pasarme a la producción musical. Después de algunos años cacharreando con Fruit Loops y Reason (clásicos de los críos de mi época) compré mi primer sintetizador analógico y, wow!, fue pura pasión desde entonces. Creo que lo más me gustaba de toda la experiencia era que finalmente había encontrado un instrumento musical que permitía escucharlo aislado con los cascos, muy diferente de mi antiguo violín que se escuchaba a 1km de distancia. Empezaba una nueva época en la que yo estaba completamente solo, libre para generar cualquier clase de sonido o estilo musical que me apeteciera. Ya no tenía que preocuparme con lo que los demás pensarían de mi música, ya que nadie la escucharía (o eso pensaba yo por aquel entonces).

Algunos años después me mudé a Madrid, donde conocí a músicos reales, muy distintos a la escena clubber que hasta entonces era mi mundillo, y empecé a valorar los instrumentos analógicos de toda la vida. Con Mario Boville y Santiago Cañete aprendí la importancia de las palmas, las voces, los gritos, el sonido de los objetos cotidianos y, lo más importante, he empezado a enamorarme del proceso de grabación en los estudios profesionales.

Harto de ser tratado como un mindundis en el mundo de la grabación musical me apunté de cabeza a una curso de formación profesional de sonido. Ahí estuve 2 añitos de lunes a viernes, 6 horitas diarias, inmerso en el mundo del sonido. Acústica, electricidad, micrófonos, PAs, monitores, routing, procesamiento de audio, diseño sonoro, radio, tele, sonido directo. Un profesor nos decía que el sonido es una de las disciplinas más vocacionales que hay, y a mí me encantaba. Estaba en mi salsa.

Al terminar el curso la calidad de mi trabajo cambió radicalmente. Mis producciones previas a 2012 no tienen ningún sentido de espacialidad, margen dinámico, mezcla... en resumen, suenan a mierda. Pero es verdad que yo era más creativo entonces. Actualmente puedo producir una canción sencilla en pocas horas, pero ya no tiene el encanto de mis comienzos.

El paso más reciente en mi trayectoria musical ha sido diseñar y programar esa página que estás viendo ahora mismo. De esta manera puedo tener todo mi trabajo compilado y expuesto como más me gusta.

Espero que a ti también te guste.

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